Jamás voy a olvidar llegar acá y empezar a buscar. Un lugar inmediatamente prometió volverme regular, por fin. Un viejo grandote, de esos de camisa blanca y khakis sentado frente a la puerta de su cervecería. Viendo la calle al lado de su mesita con una montaña de envolturas de cacahuates, tarros de cerveza, cajetillas de cigarros. Fresco con la sangre de mi pérdida humillante, no era fácil hablarte, parecía que no escuchabas, que todo te molestaba, que no querías servirle a nadie. Solo te dignabas a los de los locales. Eso sí, siempre cerveza fría y de barril. Solo efectivo y el humo estancado de décadas pasadas, pinturas ridículas de gente chupando y ademanes alemanes cerveceros. Un museo de malteadas. Un baño de horrores italianos. Te parabas lento, arrastrabas los pies y no ofrecías nada. Llegaba puro pasajero, nunca turistas. Se quedaban por una chela nada más, a veces algunas parejas incómodas. Yo me sentaba a leer, nada más para sentir que podía tomar solito y salir sin salir de casa. Compartía la música clásica que ponías en esa bocina que sonaba como aceite en un sartén. Me mamaba que cuando llegaban a tomarle fotos al lugar les cerrabas la cortina en la cara. Advertías a los que se asomaban con miradotas y tu corpulencia, con que solo tenías Modelo y que puro efectivo (otra vez) para que se les quitaran las ganas. Descubrí que eras alemán. Imaginé tu historia. El local cerró por semanas y asumí lo peor. Me lo confirmó la de los dientes raros y el pelo despintado, a la que de broma le decía “mi novia”, la que me empezó a gustar y luego desapareció, la del local de al lado. Los dos sabíamos que eras un amargado, grosero, bastante mamón, así te queríamos. Decía ella que a lo mejor tu hija hace algo con el lugar.
"Dicen que soy borracho. Que no valgo nada. Que vivo soñando."
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